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日志


2008/3/10

Bilbao

Cuando se pierden las esperanzas, alguien viene a tenderte una mano.
Este fin de semana estuve en Bilbao. Quizá antes fuera una ciudad industrial, gris, o sucia... Pero es evidente que las cosas han cambiado. A cada paso que daba no podia evitar dejar de sorprenderme. Edificios, calles... la comida. Pero sobre todo, la compañia. Una ciudad se ve de distinta forma dependiendo de quien te la muestre y en segun que circunstancias. Quizá sea una ciudad normalita, como cualquier otra, pero a mi me pareció una ciudad preciosa, acojedora, y con mucho encanto.
Una vez lei que "las ciudades las hacen sus gentes". Y en Bilbao hay gente estupenda.
Gracias Gorki, por este fin de semana y por todo lo que ha significado para mi. No lo olvidaré nunca.
Por cierto, recomiendo una visita (claro).
 
Apunte: mirar fotos y sus comentarios.
2007/7/29

Epoca de cambios

... Y de estrenos. Se estrenó "The Simpsons Movie", o lo que es lo mismo, "Los Simpsons, la película". Si bien es cierto que tenía bastantes ganas de ir a verla, al salir lo hice con cierto regustillo a decepción. No es que sea mala, pero quizá no estuvo a las espectativas de lo que esperaba.

Estreno tambien herramienta nueva para insertar entradas en el blog. No es un estreno propiamente dicho, puesto que ya tuve Windows Live Writer, aunque en aquella ocasión la versión beta (ahora tambien lo es) dejaba mucho que desear, y además estaba en inglés.

Estreno trabajo, como decía en la entrada anterior. Ya menos nervioso que los primeros dias, aunque sigo estando a las espectativas y viendo como se desarrolla todo. Hoy cojo un vuelo hacia Madrid, precisamente por temas laborales, y lo que no ha conseguido nada ni nadie, lo ha conseguido el avión: preocuparme más por este que por el trabajo en si, y todo lo que conlleva el cambio. A pesar de todos los esfuerzos que hago cada vez que me encuentro en identica situación, no consigo desprenderme del pánico que supone para mi el surcar los cielos a bordo de un aparato semejante, cuyo despegue del suelo está abalado por leyes físicas bien conocidas por casi todos, pero que en mi fuero interno sigo desdeñando como válidas. En fin...

Y estrenaré casa, dentro de una semana, aproximadamente. Este era el último cambio que necesitaba. Necesito mejorar mi calidad de vida y saborear las mieles de la intimidad (que ahora me faltan). Quizá el vivir solo conlleve más quebraderos de cabeza, pero estoy convencido de que estos serán como un grano de arena en la playa, en comparación con los beneficios que me reportará.

Ahora iré a hacer las maletas... Bon Voyage!!

2007/7/14

Andrómaca

Julio, vacaciones... Las vacaciones te dan via libre para poder hacer cosas que, un 23 de febrero (por ejemplo) no puedes hacer. En mi caso, incluso estoy mirando televisión. Miraba el canal autonómico extremeño esta tarde. Mostraban un reportaje sobre el Festival de Teatro Clásico de Mérida, que se celebra estos días. Y hablaban sobre una de las obras que se representarán: "Andrómaca", que narra "la tragedia del desarraigo, de la separación de quien, por diversas causas, se ve obligado a habitar en suelo extraño; con la consecuente transformación de sus costumbres para adaptarse a las del entorno en los que ahora vive pero, y aquí subyace la mayor incertidumbre del emigrante, esto conlleva también el angustioso convencimiento de que ya no se pertenece a ninguna parte".
Inevitablemente la máquina de pensar se ha puesto manos a la obra. Seguía escuchando lo que la "voz en off" contaba, casi como si me lo contara a mi. Como si me dijera: "Ángel, es lo que tu sientes, no?".
Es lo que siento. He dejado de pertenecer a mi tierra. Ya no soy de allí. Todo me resulta distinto, casi desconocido. Todo avanza a pasos agigantados, durante mi ausencia, y cada vez que vuelvo, es como si me fuera alejando... Sin embargo tampoco siento que pertenezca allí donde vivo. Son muchas las cosas que me retienen, muchas las cosas que me gustan, muchas las cosas que admiro y que "teletransportaría" a mi "tierra legítima"...
Soy como un árbol (no es la primera vez que me comparo con un árbol): siento que mis raices están enterradas en lo más profundo, pero que la copa, mis ramas, van creciendo en dirección opuesta a la de las raices. Cada vez más lejanas las unas de las otras... Y yo me siento "tronco". Mirando a las raices alejarse, y contemplando a las ramas en su ascensión.
Bien podría Andrómaca relatar mi "tragedia". La historia del desarraigo, de la adaptación y la del angustioso convencimiento de que ya no pertenezco a ningun lugar...
2007/7/10

Vite, vite!!

Todo últimamente está yendo a un ritmo bastante frenético. Un ritmo al que ya debería estar acostumbrado, y que sin embargo siempre me sobrepasa, y puede más que yo.
Todo ha ido muy rápido. He dejado un trabajo en el que llevaba más de 5 años. Han sido un sinfín de sentimientos encontrados: alegría, pues es algo que anhelaba desde hacía tiempo. Y allí donde voy (pareciera como si hubiera muerto, dios mio...) seguro estaré mejor. Mi calidad de vida seguro aumentará.
Tristeza, ya que no sólo abandono una forma de vida a la que sí había conseguido adaptarme, sino que además "abandono" a un grupito de gente que merece mucho la pena... tanto, que no merecen estar allí.
Rabia, pues no han conseguido entender las razones de mi marcha, y la forma en que lo he hecho, y esto ha dado lugar a una serie de desplantes, que creo no merecía después de cinco largos años, intentando dar lo mejor de mí.
Tengo un poco de miedo. Siempre siento miedo a lo desconocido. Es el miedo visceral que todos llevamos dentro, desde pequeños, pero que yo aún no se como superar. Miedo a no saber que voy a encontrarme, de que manera, cual será su forma y su naturaleza. Siempre me pasa, y siempre consigo superarlo. A pesar de esto es algo que no puedo evitar.
Seguramente no será el último cambio en un corto plazo de tiempo. Espero que los cambios sigan sucediéndose. Algunos los necesito, sino creo que explotaré. En este momento de mi vida necesito soledad, en el más amplio sentido de la palabra. No sentirme sólo, pero sí estar sólo. Es lo que necesito.
 
2007/7/1

No soy una persona envidiosa

No soy una persona envidiosa. Sin embargo envidio a quien es capaz de valerse por si mismo, sin necesidad de apoyarse en alguien o en algo, y saber salir adelante, sin complicaciones. Envidio a aquel cuyo talento natural para hacer aquello que se proponga, sin haberlo hecho nunca antes, rezuma por todos y cada uno de los poros de su cuerpo. Envidio a cualquiera que pueda presumir de una pizca de egoismo, que sólo sepa mirar por si mismo, mirarse el ombligo y no ver más allá de su propio "yo". Que va por la vida pensando que lo demás, todo aquello que está a su alrededor, está supeditado a él, y a sus propias decisiones. Envidio a quien siente que tiene el poder de mover los hilos de las marionetas que estamos a su alrededor para llevar la función allí donde siempre ha pretendido que llegue. Envidio a quienes resurgen de sus propias cenizas, cual ave fenix, y con cada resurgimiento, es como si subieran un peldaño en fuerza interior.
Eso sí, no soy una persona envidiosa...
2007/6/12

Esta mañana

Bajo del coche. La mañana es tranquila y soleada. Miro los árboles que se mueven empujados por el viento. Ando sin prisas hacia la estación; todavia tengo tiempo suficiente. Hoy no me he dormido y he podido salir antes de casa. Busco mi mp3 dentro de la mochila. Lo enciendo y me pongo los cascos en las orejas. Intento recordar cual fue el último tema que escuche el día anterior, con la intención de escuchar el siguiente. Como siempre, no lo recuerdo, asi que por intuición escojo uno. Las primeras notas me ha hecho derramar una lágrima. Aún ahora no consigo comprender por qué.
2007/4/17

La tristeza

- La tristeza y la soledad son dos amigas fieles de un hombre solitario.
-
Hay muchos grados de tristeza, pero la más dura es extrañar a tu madre y no poder, en ese instante abrazarla.
-
La tristeza es la peor enemiga de la alegria.
-
Mira mas alla de la tristeza, no pienses en la pena, sino a lo que esta conlleva.
-
Si pudiera describir la tristeza, me conocerías.
-
La tristeza te transforma en un ser pensante, analitico de tus "problemas", desgraciadamente no encuentras solución aunque este en frente tuyo.
-
No hay solucion para la tristeza; tan solo atenuantes.
- Cuando el fracaso te invade, la tristeza se aprovecha.
2007/4/12

Camino sin retorno

Hace unos años me arrastraron al cine a ver una pélicula (pésima) de la que recuerdo más bien poco. Solamente el título: "Camino sin retorno". Tras una conversación mantenida con un amigo, de pronto me ha venido a la cabeza este título. "Camino sin retorno"...
Mañana emprendo un viaje de vuelta. Volveré a desandar el camino andado. Un camino que, hace un año, ni me planteaba siquiera volver a dejar de desandar. Hoy no podría afirmar de manera categorica lo mismo. Se que el camino que tomaré mañana es un camino con retorno. Ya no porque en algún momento haya podido albergar dudas de si lo sería o no, sino porque hoy sé que algún día haré el camino que mañana haré, pero a la inversa. Dejará entonces de ser un camino con retorno, para pasar a llamarse igual que el título de la pésima pélicula a la que me arrastraron a ver un día.


2007/3/16

Una canción

Mi estado de ánimo actual. Sólo se me ocurre el "empiece" de una canción para describirlo...
2007/3/1

La muerte y Murakami

[...] "La muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella".
Expresado en palabras, suena a tópico, pero yo en ese momento sentía como una masa de aire en mi interior. La muerte estaba presente en el pisapapeles, en las cuatro bolas rojas y blancas alineadas sobre la mesa de billar. Y nosotros vivimos respirándola, y va adentrándose en nuestros pulmones como un polvo fino.
Hasta entonces había concebido la muerte como una existencia independiente, separada por completo de la vida. "Algún día la muerte nos tomará de la mano. Pero hasta el día en que nos atrape nos veremos libres de ella." Yo pensaba así. Me parecia un razonamiento lógico. La vida está en esta orilla; la muerte en la otra. Nosotros estamos aquí y no allí.
A partir de la noche en que murió Kizuki, fui incapaz de concebir la muerte (y la vida) de una manera tan simple. La muerte no se contrapone a la vida. La muerte había estado implícita en mi ser desde un principio. Y éste era un hecho que, por más que lo intenté, no pude olvidar.
 
Leyendo "Tokio Blues. Norwegian Wood", de Haruki Murakami, me he topado con este fragmento, que resume como si lo hubiera escrito yo mismo, lo que pienso este momento sobre la muerte. Todo lo que me ronda por la cabeza sobre ella.
Mi relación con la muerte ha sido casi siempre infructuosa. Una relación de odio, aunque abocada al encuentro forzoso. Atrás quedan las noches en que, presa de un ataque de pánico, pensaba en ella una y otra vez, hasta bien entrada la madrugada. Fantaseaba con hallar algún día una solución satisfactoria para poder darle esquinazo. Conforme iban pasando los años, esta idea se fue borrando de mi cabeza.
No se si será la edad (haber entrado en los "taitantos"...) o que me voy acostumbrando a tenerla "al lado", lo cierto es que cuanto más tiempo pasa, menos me asusta.
2007/2/21

30

23 – IX

No hay tiempo.
Ya no hay tiempo.
Pero, ¿alguna vez hubo tiempo?

La ilusión de la vida por delante,
se conjuga con el verbo
de la vida por detrás.

Y todo transcurrir no es más que un punto,
quizá un punto extensible
o el revés de ese punto,
porque el tiempo es puntual.
Un punto que a veces se desliza levemente,
como una gota de asombro de la luz
o un inesperado corpúsculo de sombra,
tan sólo para justificar algo parecido a un nivel
en el barómetro casi fijo
que mide la presión imposible de la vida.

O tal vez simplemente
la presión diagonal de lo imposible.

Poesia Vertical, de Roberto Juarroz

Hace 30 años compré un billete de ida, sin vuelta. Siempre he sabido el destino, aunque no lo que me encontraría en el trayecto. Y ha habido de todo. El paisaje ha sido muy cambiante, y mucho me temo que seguirá siéndolo.

El punto en el que ahora me encuentro es una vasta y árida extensión. Nadie a mi alrededor, todo se seca por momentos, y la poca vegetación que queda, es abrasada por el sol. Sólo es cuestión de tiempo.

2007/2/11

La muchacha de la carretera VI

Desperté sudando. Tenía la camisa empapada, y las gotas resbalaban por mi frente de manera abundante. Al incorporarme, sin embargo, sentí un ligero vientecillo que hizo que el calor que sentía en ese momento fuera menos agobiante. Miré mi reloj: eran las cuatro y diecisiete de la tarde. Volví a tumbarme sobre la hierba, que ahora notaba fresca y suave. Y vi el sol colarse por entre los huecos de las hojas del árbol. De mi arbol preferido, aquel al que iba siempre que quería echar una siesta, leer, escuchar música... o simplemente pensar.
El árbol estaba sobre una colina, en los límites del terreno que había comprado hacía unos años, y donde había decidido fijar mi residencia, construyéndome una casita no muy grande, pero a la que no le faltaba detalle.
Pensé en el extraño sueño que acababa de tener. Vivía en la ciudad, acababa de tener un accidente con mi coche, y Lucia era como una extraña para mí. Todo había resultado bastante real. De echo, parecía como si aún tuviera un ligero dolor en las articulaciones, provocado por el accidente del sueño. En realidad más que un sueño, había sido una pesadilla. El accidente me había asustado, y el sentir a Lucia como alguien ajeno a mí me provocó un ligero escalofrío.
Me incorporé, y me dirigí hacía mi casa. Todo de pronto estaba en silencio. No se oía el cantar de los pájaros, ni siquiera el frotar de las hojas unas con otras al ser movidas por el aire. Todo era calma.
Al entrar en el comedor llamé a Lucia, sin obtener respuesta. Dentro también todo era silencio. Un silencio que empezó a incomodarme. Busqué por todas las habitaciones, miré por todos lados, intentando encontrar una nota o una señal que pudiera indicarme donde había ido mi mujer. Seguramente había decidido ir a la ciudad a hacer unas compras, o habría quedado con alguna amiga, para tomar un café. Me tranquilicé en parte, y me senté en mi sillón. Fue entonces cuando vi la luz del contestador parpadear. Al descolgar el teléfono escuché la voz de Lucia: "Marcos, soy Lucia Pacheco. Buenos días. Le llamaba para quedar con usted, para concertar una siguiente visita para su revisión. Me gustaría examinarlo de nuevo, para asegurarnos de que todo va correctamente. Le agradecería que me llamara lo antes posible. Espero su llamada. Hasta luego.".
 
2007/1/14

La muchacha de la carretera V

Lucia me miraba con ojos muy abiertos. Fui despertando lentamente, del letargo en el que me encontraba, pero desde un primer momento pude reconocerla. Sentí su mano aferrar la mía, cuando la miré, y su expresión triste se transformó de pronto en otra alegre. Era una expresión radiante.
Me sentía muy confuso. Tenía la sensación de haber estado durmiendo durante varios días seguidos. Quise preguntárselo, pero aun no me encontraba con suficiente fuerza como para articular palabra, ni tan siquiera. Estaba confundido, y seguramente es lo que vio ella en mi rostro: el desconcierto.
- Hola, mi amor. Me dijo. - Ya estás de vuelta, no hay de qué preocuparse. He estado todo el tiempo a tu lado. Quería estar aquí cuando despertaras. Todo está bien, no te preocupes... los medicos dicen que te vas a recuperar muy pronto. Dentro de unos días estaremos en casa y no volveremos a acordarnos de nada de lo que ha pasado... Tranquilo, mi amor.
¿Mi amor?. ¿Estaremos en casa?. No entendía nada de lo que estaba pasando. De pronto Lucia me hablaba como si me conociera, como si hubiera algo que nos uniera intimamente. Recordé de pronto la noche en que la recogí en la carretera, cuando hacía autostop. O postrada en una cama de un hospital psiquiátrico. O de su mano tendida hacia mi, la noche del accidente... Sin embargo ahora, me hablaba con esa familiaridad. Como si hubieramos compartido una vida en comun, en algun momento de esta.
Desde ese momento, no se si consciente o inconscientemente, decidí no articular palabra. Estaba sumido en una especie de shock, un estado alterado de consciencia que me decía que, aunque estaba vivo, esta no era mi vida.
A los pocos días recibí el alta médica. Tras varias visitas de varios doctores, y despues de una serie de preguntas, que parecían formar parte de una especie de interrogatorio, más que de una visita médica, pude salir del hospital.
Durante el trayecto a casa, no hacía otra cosa mas que mirar por la ventanilla del copiloto. Sentía de vez en cuando la mirada de Lucía, que intentaba comprender que pasaba por mi cabeza, o solo se conformaba con intentar saber como me encontraba de ánimos. Veía los edificios pasar, la gente andar por la calle. Calles que había recorrido miles de veces a pie o en coche, y que conocía a la perfección. ¿Como era posible que todo me fuera tan familiar y sin embargo tuviera la sensación de no haber estado nunca aquí?, ¿de no ser yo mismo quien iba en ese coche junto a aquella chica de la carretera, aquella a la que recogí una lluviosa noche en una oscura cuneta de una carretera perdida en la montaña?.
Pronto llegamos "a casa". Vivíamos a las afueras de la ciudad; en una casa unifamiliar, rodeada por un jardin, con altos árboles y verde cesped. Estaba construida de ladrillo visto y tenía dos plantas. Aparcado en la puerta del garaje estaba mi coche, que al igual que yo, había conseguido sobrevivir al accidente. Todo debería resultarme familiar... y sin embargo era tan extraño para mi...
2006/12/26

La muchacha de la carretera IV

Al intentar abrir los ojos de nuevo, la inmensa claridad hizo que no fuera una facil tarea. La luz me dañaba los ojos, y solo pude abrir uno, para ver donde me encontraba. Pero resultaba bastante dificil. Todo era blanco, luminoso. Pensé por un momento que aquello era el cielo. Seguramente había muerto, y estaba despertando en el paraiso. Quizá fuera el final del tunel que describe mucha gente que ha estado al borde de la muerte. Un largo pasadizo con una inmensa claridad al final. Y un estado de bienestar seguramente similar al que yo en ese momento "padecía". De pronto oi abrirse una puerta. Y una voz silenciosa, que se dirigía a alguien. No pude adivinar de que hablaba. Escuché los pasos, una silla arrastrándose por el suelo, más pasos. Y golpecitos sobre alguna superficie metálica. Desdeñé la idea de la vida eterna en ese momento. Era evidente que estaba vivo, y tumbado en una cama. Entonces fué cuando sentí una ligera punzada en mi brazo derecho. Alguien estaba inyectándome algo. Fué un dolor agudo, que duró solo unos segundos, pero mi estado de debilidad en ese momento seguramente acentuaba cualquier dolorcillo, por nimio que este fuera. Luego vino el alibio. Un frescor húmedo y esponjoso, seguramente provocado por un trocito de algodón mojado en alcohol.
Volví a fantasear con la idea de la muerte. Siempre le había tenido un terror horripilante. Algunas noches, en el silencio de mi habitación, la sola idea de ser un ser mortal, consciente de mi caducidad, de que algún día dejaría de ser, de sentir, de pensar... provocaba en mi estados de nerviosismo tales, que me retorcía en la cama, presa de un miedo incontrolado, al borde de un ataque nervioso. Estas crisis solían durar unos segundos, y siempre conseguía tranquilizarme de cualquier manera, logrando pensar en cualquier otra cosa, obligándome a ello. Sin embargo aquella noche la posibilidad de la muerte me reconfortó. Pensé que la ausencia de consciencia no era más que eso: no ser consciente de mi estado. Nunca sabría cuando estoy muerto, y a partir de entonces, de nada tendría que preocuparme.
Fue cuando empezó a hacer efecto la inyección que me habían puesto minutos antes. A pesar de tener los párpados cerrados, empecé a notarlos pesados. Sentía como la poca lucidez de la que podía disfrutar en ese momento, iba desapareciendo. Hasta que me quedé dormido de nuevo. Recuerdo haber soñado con una colina muy verde. Un cielo azul, ausente de nubes. Un suave vientecillo, con olor a naturaleza, y solo el canto de los pájaros como ruido de fondo. Sobre la colina, un árbol. Frondoso, de gradiosa copa y fuerte tronco. Bajo el árbol, tumbado sobre su sombra, en ademán de descanso, yo. Con los ojos cerrados. Con cara de paz. Muerto.
2006/12/22

No lo puedo soportar

No soporto ponerme nervioso. Pierdo el autocontrol y la capacidad de comportarme como una persona adulta. No soporto perder el control de una situación. Me gusta tenerlo todo atado, que nada se me escape de las manos, y si esto sucede, no se reaccionar. No soporto que me ignoren o me "ninguneen". Sentirse menospreciado es de lo peor que me puede suceder. No soporto que me tomen por tonto, porque no lo soy. Aunque cuando esto ocurre tengo claro que más tonto es quien piensa que soy tonto, por el hecho de pensar que yo lo soy. No soporto que me tomen el pelo (si no es en broma). Es una falta de respeto que nunca consentiré. No soporto que un desconocido me grite. Suelo reaccionar con relativa violencia en estos casos. No me gusta ser violento. Siempre he sido una persona muy calmada y ponerme nervioso y perder el autocontrol (repito) no me gusta. No soporto equivocarme con respecto a alguien. Cuando me pasa entro en una especie de atontamiento, que me atormenta durante varias horas, o varios días, hasta que consigo estabilizar la situación. No soporto pedir perdón, pues esto supone el haberme equivocado. Pero si tengo que retractarme de algo, lo hago sin problemas. No soporto estar atormentándome por algo. Suelo pasarlo bastante mal, y no disfruto de las pequeñas cosas buenas que me puedan estar pasando en ese momento. No soporto pasarlo mal. No soporto... no me soporto!
2006/12/12

La muchacha de la carretera III

Lo que acababa de ver era algo que no podía estar pasando en realidad. Contradecía todas las leyes de la física, y de cualquier ley que fuera razonablemente coherente. Acababa de dejar a Lucía en el hospital, postrada en una cama de un psiquiátrico, casi sin ser consciente de donde estaba realmente, por la cantidad de tranquilizantes y "atontadores" que corrían por sus venas. No podía estar allí, en aquella cuneta de la carretera, observandome desde detrás de la cortina de agua, bajo la fria lluvia, mientras yo conducía mi coche. No podía estar pasando esto.
Un frio de terror recorrió todo mi cuerpo, como aquella primera noche en que la conocí. Sin embargo, al contrario de lo que pasó en aquella ocasión, esta vez la cordura no pudo ganar la batalla al miedo, y apreté el acelerador hasta el fondo. Por un momento me pareció verla a traves del espejo retrovisor, a una distancia tan corta que hubiera podido tocar con su mano el maletero de mi coche. No podía dejar de mirar hacia atras, y contemplar su congelada mirada, esa que se posaba en mi y me impedía ver cualquier otra cosa. Mientras, intentaba no salirme de la carretera. Las curvas, y la poca visibilidad de aquella noche, me hacían la tarea complicada. Sin embargo esto era lo que menos me preocupaba. Intentaba huir de aquel miedo repentino como fuera.
De pronto pude oir un golpe seco. Estaba en estado de shock, y no sabía muy bien que estaba pasando. El motor de mi coche se revolucionó y los baches e imperfecciones del asfalto, dejaron de ser una molestia para la amortiguación del vehículo. Miraba hacia adelante, pero solo podía ver agua caer. Agua y más agua. Sin embargo parecía como si estuviera flotando. Lo último que recuerdo es la copa de un árbol justo delante del capó del coche, y otro golpe, más seco y duro si cabe, que el que había escuchado segundos antes.
Luego, un vacío,un silencio.
Al despertar, intenté levantarme del suelo. Estaba lleno de hojas mojadas, de barro, y tenía magulladuras por todo mi cuerpo. No había rastro de mi coche por ningun lado. Me senté sobre el lodo, y sentí de pronto un ligero mareo. Todo estaba oscuro. Y en calma. Sólo podía escuchar el golpeteo de la lluvia contra la tierra, una lluvia debil y casi imperceptible, si no fuera porque me estaba calando hasta los huesos.
Al ponerme de pie, la sensación de mareo incrementó. No entendía muy bien que acababa de pasar y cuanto tiempo había transcurrido. Recordé la "visión" que había tenido en la carretera, el miedo repentino y comprendí como me había salido de la cuneta, y volando había chocado con la copa de un árbol. Instintivamente miré hacía arriba, y entonces lo vi. Mi coche, intacto, suspendido en lo alto, sujeto por ramas gruesas y fuertes. La puerta del piloto estaba abierta. Llegué a la conclusión de que, en un instante de conciencia, había intentado salir del coche, pensando que estaba en tierra firme, y desde allí, había caido unos cuatro o cinco metros de altura.
Una vez en pie, todo empezó a darme vueltas. No sabía hacia donde dirigirme, que hacer, y si conseguiría llevar a cabo la dura tarea que suponía en ese momento dar unos pasos hasta llegar a la carretera. Miré a mi alrededor, intentando situarme, y localizar la cuneta, cuando volví a verla. Vestía de blanco. Mi corazón se aceleró subitamente y pensé que me desmayaría en ese momento. Vi como se acercaba a mi, mientras yo seguía paralizado por el golpe, y por el miedo, por que no decirlo. Estaba empapada. Su pelo tapaba la mitad de su cara. Aun así, al tenerla a tan solo un metro de mí, vi que me sonreía, y que me tendía su mano, amigablemente.
En ese momento, me desmayé.
2006/12/6

La muchacha de la carretera II

-Hola. Sus ojos no se apartaban de los mios. Parecía como si quisiera absorverme con ellos, hacer desaparecer la habitación, suspenderme en la nada, que sólo pudiera verla a ella.
-Hola- respondí. - Eres Lucia, verdad?. Cuanto tiempo, Lucia... te acuerdas de mi?
-Sí, claro. No esperabas encontrarme aquí, verdad?.
Vacilé. Era evidente que no esperaba reencontrarme con ella en situación semejante, pero no se por que no le contesté.
-Te veo muy bien, estás muy guapa.
-Gracias...
Por fin, apartó sus ojos de los mios. Miró hacia la ventana, como si buscara algo fuera. Algo que no pudo encontrar. Y volvió a mirarme, quizá intentando encontrar en mí aquello que buscaba tras la ventana. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero intentaba reprimirlas como podía. Verla así, sentada en la cama de un hospital, sin peinar, demacrada y con esa mirada tan triste... casi me hizo llorar a mi tambien.
-Cuando podré salir de aquí, Marcos?.
-No lo se, Lucia. Pero no te preocupes por nada... estoy aquí para ayudarte. Me acerqué a su cama. Ya había superado en parte, el shock que me produjo encontrarla de esta manera, y en este estado, y me senté junto a ella. No se si debí hacerlo, si estuvo bien o no, pero no pude reprimir mis ganas de abrazarla.
Salí de la habitación bastante aturdido. Parecía como si acabara de tener un mal sueño, y aun dudara de si había sido tal, o había pasado de verdad. Tuve ganas de volver a abrir la puerta, y llevármela de allí. Vacilé un instante. Agarré con fuerza el picaporte de la puerta, y estaba casi a punto de abrirla, cuando por el pasillo vi aparecer a unos colegas. Venían riendo, y al verme, bajaron el tono de sus bromas. Pasaron junto a mí, me saludaron y yo les respondí con un movimiento de cabeza. No tenía ni tan siquiera ganas de saludar y mucho menos, de entablar conversación con alguien en ese momento. Cuando los vi desaparecer por el pasillo, volví a mirar la puerta. Volví a dudar si debía entrar o no. Volví a tener dudas sobre si debía "rescatar" a Lucia, o dejarla allí, para que pudiera recibir su tratamiento.
Crucé la puerta del pasillo que daba al vestíbulo principal. Tenía que averiguar que era lo que le pasaba a Lucia. Por qué estaba allí, cual era el motivo de su internamiento en un hospital psiquiátrico. Anduve unos minutos hasta llegar a las oficinas del hospital. Me dirigí hacía la ventanilla y pedí el informe de Lucia Pacheco. Y estaba a punto de abrirlo, cuando sentí una mano en mi hombro, un golpecito amistoso. Al volverme encontré la sonrisa de mi amigo Ernesto. Siempre contento, siempre feliz...
-Marcos, que haces tu por aquí?. Me dijo.
-Hay una paciente en el ala este... Lucia Pacheco. Quería ver su informe. No tengo claro aun que patología sufre.
-Lucia Pacheco?. Pregunto, aun sonriendo, y con ojos como platos. -Lucia lleva solamente una semana aquí. La encontraron vagando, medio desnuda y aturdida en un bosque, cerca de una carretera de montaña. La conoces?.
-No, no... Solo que... Bueno Ernesto, tengo un poco de prisa, nos vemos más tarde.
Guardé el informe bajo mi bata, y me dirigí hacia el vestuario. Salí de allí lo más rapidamente que pude, bajé al parking, arranqué mi coche y me alejé a toda velocidad de aquel edificio, que de pronto parecía como si me estrujara con sus paredes. Sin rumbo fijo me vi de pronto conduciendo por una carretera vacía, rodeada de árboles, bajo una intensa lluvia. Casi no podía ver la carretera, pero a pesar de eso, iba a mas de 90 km por hora. Al torcer en una curva, pude verla, en la cuneta. Una figura humana, blanca, que me miraba con ojos hípnoticos...
2006/11/27

La muchacha de la carretera

La casualidad está presente en nuestras vidas, forma parte de nuestro "día a día". Las casualidades no se esperan, ni se planifican, simplemente llegan.  Y tal y como llegan, se van. No suelo creer en ellas, aunque las haya identificado infinidad de veces. Siempre, una vez que las he "sufrido", las he desdeñado como tales. Siempre me ha pasado: no veo las cosas, no me doy cuenta de nada aunque me lo pongan delante de mis propias narices. Y las casualidades no iban a ser menos.
Esa noche la casualidad hizo que la conociera. Y otra noche, de unos cuantos meses despues, la casualidad de nuevo, hizo que volvieramos a encontrarnos.
Aquella era una noche cerrada, lluviosa, helada. Yo iba conduciendo mi viejo coche por una carretera de montaña, oscura, rodeada de altos, frondosos y viejos árboles. Temía que me dejara "tirado" (era mi único temor, en ese momento). Sin embargo nunca lo hizo; ni aquella noche, ni nunca. Acabé cansandome de él (como de casi todo) y lo cambié por pura monotonía.
Había escuchado infinidad de veces la historia de la muchacha de la curva: aquella que te encuentras en plena noche, en medio de la carretera, alejada de toda civilización, aquella a quien recojes, porque hace autostop, y tras unos minutos, una vez va contigo en el coche, te avisa de la próxima curva: "ten cuidado, porque ahí es donde yo me maté". No se por que en ese momento iba pensando en todo esto. Supongo que el paisaje y la noche eran tal y como me los había imaginado cada vez que me habían contado esta historia. Así que intenté pensar en cosas más alegres. Aun me quedaba bastante trecho hasta llegar a mi destino. Puse la radio, pero no conseguía sintonizar ninguna emisora con una calidad minimamente aceptable. Buscaba y buscaba, y veía los números del dial pasar rapidamente, sin que se detuviesen... así que opté por poner uno de los cedés que siempre llevo en la guantera. Me incliné un poco para lograr alcanzar alguno, pero mediante el tacto no conseguia identificar nada que se pareciera a un cedé, asi que por un momento tuve que apartar la vista de la carretera, y mirar dentro del compartimento, al menos para saber en que esquina se habían escondido. Al volver a poner mis ojos sobre la noche, vi una figura humana, blanquecina, inmovil, en la cuneta de la carretera. Me miraba a los ojos, y yo no pude apartar la vista de los suyos.
Un frio repentino recorrió mis venas y por un momento dudé en si debía parar o no. La casualidad hacía que unos minutos antes me hubiera venido a la mente la leyenda de la muchacha de la curva, y ahora me encontraba en una situación similar a la de esta historia.
Tras unos segundos de vacilación, se impuso la cordura. Frené en seco, miré por el retrovisor, y vi como la figura humana corría hacia mi coche. Abrió la puerta, entró y se sentó en el asiento del copiloto. Me miró, sonrió y dijo: "Buenas noches... gracias por parar".
Su expresión transmitia una tristeza inmensa, pero lo más lógico es que estuviera congelada de frio, y muerta de miedo. Yo hubiera estado igual que ella, en su misma situación.
Era una chica guapísima. De unos 27 años, morena, pelo recogido en una coleta. De piel blanca, y manos finísimas. Sus ojos eran enormes, color miel. Tampoco creo en los flechazos, en el amor a primera vista. Pero lo que sentí en ese momento no podría definirse de otro modo.
- Que hacias ahí sola, en medio de la carretera?
- Mi coche se ha estropeado, dos kilómetros atrás, y creía que el pueblo más cercano estaba próximo... me equivoqué. Afortunadamente has pasado tú. La única persona que he visto en horas!!!.
- Vaya, te he salvado la vida. Como te llamas?.
- Lucia, y tu?.
- Marcos. Encantado Lucia.
- Lo mismo digo Marcos.
La conversación recorrió varios niveles. Desde su coche, estropeado en la cuneta, 2 kilometros atrás, pasando por mi coche y la posibilidad de que nos hiciera lo mismo, hasta a donde se dirigía, de donde era, en que trabajaba...
Yo no podía apartar la vista de sus piernas, de sus manos, de sus ojos. Mantenía una conversación mientras mi mente volaba. Me imaginé compartiendo mi vida con ella, despertandome a su lado, riéndonos juntos, acariciando su pelo, sus mejillas...
Pronto vimos luces a lo lejos. Las farolas de un pueblo iluminaban las nubes que reposaban sobre él, dándole un aspecto tenebroso. Como si estuviera envuelto por una cúpula naranja, que lo protegiera de todo lo exterior.
Me ofrecí a llevarla hasta la ciudad, hasta su casa, a pesar de que tendría que desviarme de mi recorrido. Pero, amablemente, insistió para que no lo hiciera. Y me rogó que la dejara en la gasolinera que había a la entrada del pueblo. Desde allí llamaría a su casa, para que vinieran a recogerla, y pediría una grua, para que se llevaran su coche.
Me alejé mientras la miraba por mi espejo retrovisor. Tal y como la había visto llegar, la veía desaparecer.
 
Meses despues, sonseguí mi plaza en el hospital psiquiátrico. Había estado luchando para ello, y al fin lo había logrado. Tenía mi propia consulta en casa, pero no me llenaba del todo. Quería ser más util, y ayudando a gente que no podían pagarse (o no estaban en condiciones mentales para hacerlo) un psiquiatra particular, me sentiría mejor conmigo mismo.
El primer día quise conocer a todos los pacientes. Hablar con ellos, preguntarles, comprobar a que me enfrentaba, y ver hasta donde podía llegar con cada uno de ellos. Contemplar la decadencia de la mente humana puede resultar muy duro, si no te has preparado durante años para ello. Intuir que tú mismo puedes estar algun día en el puesto de alguno de estos desgraciados, puede llevarte a perder la salud mental, si no se sabe mantener los pies en el suelo. Por eso intentaba mirarlos como a niños que todavía no son conscientes de sus propios actos, que aun no han alcanzado la madurez necesaria como para discernir el bien del mal, lo que se puede o no hacer, qué es correcto y qué no lo es.
Entré en el ala este del hospital. Me vi ante un pasillo de paredes, suelo y techo totalmente blancos, acentuado aun más por la luz natural del sol, que entraba por las ventanas de uno de los lados del pasillo. Al otro lado de este, las puertas de los pacientes. Respiré profundamente, y llamé a la primera de ellas. No hubo respuesta, así que abrí lentamente, pensando que el paciente podría estar durmiendo. La oscuridad de la habitación contrastaba con la claridad del pasillo. Las persianas estaban cerradas, las luces apagadas. Solo pude escuchar el sonido de  una respiración lenta y tranquila.
Dudé por unos instantes si entrar o no. Podía distinguir un bulto, en la cama, que parecía estar durmiendo. La mañana estaba a punto de dar paso a la tarde, y pensé que lo mejor sería despertar a quien dormía. Darle un poco de conversación. Asi que abrí la persiana con sumo cuidado, intentando no hacer ningun ruido, para no asustarle. Al mirar hacia la cama contemplé su rostro, sus ojos, que me miraban de forma hipnótica. Unos ojos que, de pronto, me transportaron a una noche fria, helada, oscura... al interior de mi coche. No podía creerlo. No podía ser ella. Medio aturdido, tambaleándome casi, fui a los pies de su cama, en busca de su historial, anhelando estar en un error. "Lucia Pacheco".
 
 
 
2006/11/21

La alegria

"La alegría es más escasa, más dificil y más bella que la tristeza. Más que una necesidad natural, se ha convertido para mí en una obligación moral." . - Sezar (Bebe) - "La educación de las hadas".